Cuando la atención deja de ser una elección
El profesor de la ETSIAAB, Daniel Palmero, reflexiona en este artículo sobre la falta de atención del alumnado y sobre si la universidad debería comenzar a trabajar tan preciada competencia.
25-02-2026
Por DANIEL PALMERO LLAMAS*
Hay una escena cada vez más frecuente en las aulas universitarias y que merece nuestra reflexión. El profesor comienza su explicación apoyado en la pizarra o en una presentación y, sin embargo, transcurridos unos pocos minutos, una parte del alumnado no es capaz de mantener la atención. Esta se ha desviado hacia la pantalla del móvil o del portátil. No para trabajar, sino para responder un mensaje, mirar redes sociales, jugar a juegos en línea o, a veces, simplemente por inercia.
Durante mucho tiempo hemos interpretado esta situación como un problema individual del estudiante: falta de interés, escasa motivación, dificultades de concentración. Sin embargo, cada vez resulta más evidente que la pérdida de atención no puede explicarse solo desde ese punto de vista. Lo que ocurre en las aulas es el reflejo de un fenómeno más amplio, cultural y estructural.
Hoy la atención sostenida se ha convertido en un bien escaso. Vivimos rodeados de estímulos diseñados para capturarla y retenerla el mayor tiempo posible. No es casualidad. Gran parte del ecosistema digital actual se sostiene, precisamente, sobre la competencia por nuestra atención. En este contexto, pedir a un estudiante que “se concentre” equivale a pedirle que nade contracorriente sin haberle enseñado a hacerlo.
Cuando la vida del estudiantado viene marcada por “likes” y los contenidos generados por algoritmos están pensados para captar y mantener nuestra atención, la capacidad consciente de decidir a qué dedicarla se va debilitando. Los docentes han de competir con contenidos infinitos y recompensas inmediatas; y no es que el estudiante elija no atender, es que, poco a poco, pierde margen real para elegir.
La universidad no crea este problema, pero lo recibe. Y lo recibe con estudiantes cuya capacidad de concentración se ha configurado durante años en entornos muy distintos a los que exige el aprendizaje profundo. La neuroplasticidad se enfrenta a “reels” infinitos e inmediatos; se empobrece la capacidad de reflexión, de pensamiento crítico y de aprendizaje profundo. Por eso resulta insuficiente plantear el debate en términos de prohibir o permitir dispositivos: hay que ir más allá. ¿Y si la atención no fuera solo una condición previa para aprender, sino un objetivo educativo en sí mismo? Tradicionalmente hemos dado por supuesto que el alumnado sabe atender. Hoy esa suposición ya no se sostiene. Educar la atención significa reconocer que no es solo un recurso cognitivo individual, sino una competencia que se adquiere, se protege y se entrena.
Desde esta perspectiva, la atención tiene también una dimensión ética. Atender es decidir: decidir a qué se dedica el tiempo, qué se considera valioso.
Esto no implica demonizar la tecnología ni idealizar un pasado sin pantallas. Implica, más bien, redefinir su lugar. La universidad debería ser uno de los pocos espacios donde el tiempo se protege deliberadamente para pensar, comprender y dialogar sin interrupciones constantes. No como una imposición disciplinaria, sino como un acuerdo pedagógico explícito.
Hablar de acuerdos pedagógicos sobre el uso de dispositivos no es hablar de control, sino de conciencia compartida. De ayudar al alumnado a hacer visible algo que normalmente pasa desapercibido: cuánto cuesta concentrarse cuando la atención está permanentemente en disputa.
El verdadero reto educativo de nuestro tiempo no es captar la atención, sino enseñar a conservarla. Ayudar a los estudiantes a recuperar soberanía sobre su tiempo y su atención es, quizá, una de las tareas más necesarias de la educación superior.
* Daniel Palmero Llamas es catedrático del departamento de Producción Agraria de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Agronómica, Alimentaria y de Biosistemas (ETSIAAB) e investigador principal del Grupo de Investigación Sistemas de producción y protección vegetal sostenibles.
Este artículo ha sido publicado anteriormente en ÉXITO educativo